Belén, gobernanta DomusVi Sabadell Ciutat

Los días pasan y no hay momento en que no recuerde cuando cerramos las puertas aislándonos, tanto física como emocionalmente, del mundo exterior. Todo se redujo al aquí y ahora, a lo que sucede cada día dentro de la residencia.

Antes del estado de alarma y la consecuente orden de confinamiento, las familias se enfadaban porque no entendían por qué hacíamos lo que hacíamos. Se repitieron una y otra vez las mismas preguntas, que incidían en por qué tomábamos esas medidas “tan drásticas” y lo perjudicial que sería para los residentes no poder ver a sus familiares. Era común escuchar frases como “no puedo estar sin ver a mi madre” o “me obligareis a llevármelo” y tantas otras de similar contenido.

El tiempo nos dio la razón, no sé si por suerte o no, ya que ojalá nos hubiésemos equivocado respecto a lo que iba a terminar sucediendo. Hoy, durante nuestras largas jornadas, tenemos la fortuna de recibir felicitaciones, aplausos, audios y correos electrónicos que nos llenan de emoción y que hacen que un mal día se convierta en uno bueno. También nuestros vecinos nos han levantado el animo y nos han arrancado lágrimas desde la primera semana. En sus balcones y ventanas, llueva o truene, mostrando esas sonrisas honestas con las que nos dan las gracias sin que necesitemos oír sus aplausos y gritos.

Pero también tenemos miedo,… y nos preguntamos qué pasará el día que nos entre por la puerta ese virus. No podemos evitar que la tristeza y el agotamiento nos invadan por momentos. Esos sentimientos pueden ser traicioneros ya que nos hace pensar que algo se nos puede escapar de las manos, con lo que el grado de agotamiento aumenta. Entre todos hoy estamos levantando ese muro que nos permite estar, tanto a trabajadores como a residentes, a salvo.

No existen galones ni jerarquía, vamos todos a una. Cuando la corriente te lleva hacen falta más remeros y menos capitanes, y eso estamos haciendo trabajando todos de forma cohesionada. Hoy somos todos integrantes de una comunidad que lucha para que nuestros mayores salgan sanos y a salvo.

El equipo al completo trabaja diariamente en la prevención, organización y desinfección del edificio; empatizando, animando y entreteniendo a los residentes; en el monitoreo de las constantes. Para poder hacer todo eso algunos decidimos quedarnos encerrados en la residencia. Mañana, tarde y noche.

Renunciando a ver a nuestras familias, a las que que ahora vemos a través de una pantalla, para no exponer a unos y proteger a los otros. Y esto es así porque ese grupo al que ahora protejo también es mi familia. Una muy grande que cada día me mira con ojillos arrugados, con 80 años a las espaldas y unas ganas sorprendentes de hacerme reír.

Lo hacen hoy y lo hacían cuando entré a trabajar en esta segunda casa. Entre todos, un poco cada uno, han hecho de mí quien soy hoy. Nos llaman héroes, pero nosotros no nos sentimos así. Nosotros solo hacemos lo que el corazón nos pide. Nosotros solo cuidamos de nuestros abuelos y abuelas. Los veo a diario en sus habitaciones y hoy, nosotros, somos su única compañía.

Hoy no es momento de abandonar. Hoy es momento de poner el hombro cuando la cosa parece complicarse. Hoy es momento de vestirse de blanco y salir a dar batalla con el temple suficiente para no perder la sonrisa cuando el plástico te cubre el rostro y la mascarilla parece asfixiarte. Cuando intentas hablarle y parece que solo se escucha tu voz. Cuando los ves con la mirada perdida, asustados por tu atuendo, mientras intentas explicarles que estarán en aislamiento y que no deben preocuparse, que está con nosotros, que lo hacemos por ellos y solo por precaución.

Ellos sólo te hacen una pregunta, esa que muy poca gente ha tenido que responder alguna vez en su vida, “¿Me voy a morir?”. Es en este momento donde con la mejor sonrisa que tenemos les soltamos un “ Pobre de ti” o un “¡No te lo crees ni tú!”. Luego toca cambiar de conversación, para evadir el problema aun sintiendo el miedo en el cuerpo y esperando que todo salga bien, esperando el test.

Ese test que parece que no llegará jamás y que una vez que llega no paras de comentar con la doctora “¡Será negativo! ”. Luego pasa un día, pasan dos y tres días, pasan lentamente esperando ese negativo que cuando llega parece la mejor noticia que has escuchado en tu vida.

Espero que recordéis esto siempre y no sólo hoy porque tenemos el miedo en el cuerpo. Espero que recordéis que cuando vosotros estabais en casa sin poder hacer mucho, nosotros estábamos dando la talla día y noche. Cuando se abran las puertas, porque algún día se abrirán, recordad que somos personas y que todo aquello que se ha tenido que organizar para hacer frente a lo que nadie se esperaba ha de volver a su situación inicial, a ser lo que antes era.

Será en ese momento cuando a vosotros os toque tener paciencia. Puede que todo haya sobrevenido muy rápidamente, pero la salida de esta situación no será para nada rápida. Esa paciencia que hoy os pido por adelantado es la que necesitaremos para continuar haciendo un buen trabajo. Si acaso, que al menos los resultados que hemos tenido hasta ahora sirvan para que hayamos ganado cierto crédito.

Os pedimos, pero sobre todo os pediremos, paciencia y colaboración. Nosotros hoy la tenemos y la seguiremos teniendo. Cuando quizás en el futuro no comprendáis por qué hacemos lo que hacemos, recordad todas las veces que nos habéis dicho “lo que hacéis no tiene precio”. Recordad esas palabras porque en estos momentos lo único que me recompensa, la única cosa que me hace sentir valorada, es el resultado de mi trabajo y de mis compañeros.

Gracias a esos compañeros me siento una persona de los pies a la cabeza pues ellos me enseñan, cada día, lo que es amar la vida.

Y aquí sigo, sin saber cómo ni cuándo acabará todo esto, deseando con toda mi alma que finalmente salga el arco iris detrás de esta incertidumbre y agarrándome con todas mis fuerzas a la única felicidad que me aporta el día: sentirme parte de este gran equipo.

Belén
DomusVi Sabadell Ciutat (Barcelona)