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19/11/2015



Publicado el 19 noviembre, 2015 - 16:21h

Comentaba hace unos días con una de nuestras terapeutas, Belén, que ni la generación anterior a la mía, ni tampoco la suya, obviamente posterior, asistió a un cambio tecnológico tan trascendental como el que, felizmente, le ha tocado a la mía y a mí. Mis padres no hubiesen podido siquiera imaginar una revolución tecnológica como la que comenzó a mediados del siglo pasado y eclosionó en el último cuarto del siglo. La de Belén, en cambio y por aquello de que “el habitante del fondo del mar de lo último que se entera es del agua”, la da por sentada sin siquiera tomarla en cuenta, ni tiene porqué hacerlo. Nacieron con ella. Ni hablar de niños que manejan los móviles de forma que a mí sigue pareciéndome mágica.

Ésta inmensa revolución es la razón de mi asombro, que me acompañará el resto de mis días y que quiero contaros.

Mi vida laboral comenzó en 1962, como ayudante contable, por lo que a diario debía enredarme durante unas cuantas horas con interminables columnas de números y operaciones. Para hacerlas me auxiliaba con un inmenso trasto negro accionado con una manija, que sacaba hacia arriba unos pinchos con los que estampaba números en una tira de papel. Ni te cuento el ruido que hacía el aparatito (un “crrrak” a la ida y otro a la vuelta que al cabo de las horas te dejaban la cabeza como el bombo de Manolo). No existía ningún mecanismo de control de la operación de la máquina por lo que, como es fácil imaginar, había que comprobar una por una las cantidades que pintaba el trasto traidor en las tiras de papel, rogando no haber cometido errores (o al menos no demasiados). Y además, por si fuera poco, muchas veces había que pasar a máquina las columnas con los resultados. Vuelta a comprobar columnas hasta que estabas seguro de que no había errores. Una verdadera quemadera de la vista. Seguramente habrá compañeros residentes que podrán corroborar lo que cuento.

Desde mediados de los ’70 (definitivamente harto de contabilidades y balances) decidí dedicarme a la publicidad -menester al que acude todo aquél que no es capaz de hacer otra cosa mejor, como la política y los políticos- y a la industria gráfica, en concreto a la “pre imprenta”, diseño de páginas, textos, etc., que se montaban sobre unas grandes mesas con luz interior y película milimetrada transparente, mediante fotografías de todos los elementos del impreso definitivo. Es decir “a pulmón” y “ojo de buen cubero”. Otra quemadera de ojos.

Te aseguro que entre la comprobación de las columnas de contabilidad y los montajes de páginas no me explico cómo aún puedo, de vez en cuando, echarles vistazos a las niñas.

Las causas de mi asombro vinieron después.

A fines de los ’80 compré mi primer ordenador para los trabajos de imprenta y ahí se me cruzó totalmente el “cablerío”. Visto desde la perspectiva que dan algo más de veinticinco años y un incesante avance tecnológico aquél primer ordenador parece, y lo es, un verdadero dinosaurio. Pero en su momento fue un cambio de la noche al día y a mí se me abrió el cielo. Aún rudimentario, con ese ordenador podía hacer muchas más cosas, con mucha mayor velocidad y con mecanismos de control y corrección de trabajo mucho más eficaces.

Ni qué hablar de los programas disponibles en este momento que incluso vienen de serie con cualquier ordenador que se compre. Aquellas interminables columnas, comprobaciones, correcciones, etc. ya no existen. El ordenador se ocupa de todo y con lo único que se debe tener cuidado es con la introducción de datos. Todo lo demás que se nos pudiese ocurrir lo hace el ordenador casi sin intervención humana. Con sólo preparar el programa, hace en instantes operaciones que te llevaban horas. ¡El sueño de todo vago como yo! Ya me dirás.

 

Pues nada más. Esto es todo lo que quería contar.

Me congratulo por haber tenido la oportunidad de asistir y participar en este episodio único en la historia de la humanidad. Y por todos los que se hayan visto en situaciones semejantes. Nunca más volverá a suceder.

 

Un saludo a todos,

 

P.S.

Quiero, en este primer encuentro, dejar constancia y saludar afectuosamente a todo el personal de este Centro, por el exquisito trato, atención y cariño que recibimos los residentes, mucho más allá de lo que su profesión y profesionalidad exige.

 

Muchas gracias.

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