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21/04/2017



Publicado el 21 abril, 2017 - 09:49h

“Al final de la vida, únicamente nos queda compartir el momento, si el enfermo quiere y nos elige, y brindarle lo que podamos ofrecerle. De obrar así, no sólo se recibe angustia y tristeza en el acompañamiento sino un inmenso regalo”.

Ramón Bayés

 

Cuando atendemos de forma integral a pacientes en situación de final de vida y sus familiares, nos confrontamos con la realidad, tantas veces negada, de nuestra propia muerte. La previsible y cercana muerte de nuestros/as pacientes nos enfrenta a nuestra finitud. Y es que una cosa es saber que uno/a se ha de morir, y otra bien distinta es estar en permanente contacto con personas que se van muriendo y te van confrontando a diario con tu propia muerte.

Si deseamos estar disponibles para los/as pacientes y responder a sus necesidades dentro de un entorno de alta densidad emocional, sin huir ni sobreimplicarnos (yendo desde la dimisión y abandono hasta la hiperactividad terapéutica), es imprescindible elaborar nuestras angustias y vivencias relacionadas con la muerte.

Ha sido sobre todo Kübler-Ross (1975) quien ha planteado, como requisito para ayudar a los/as pacientes en situación de final de vida, la necesidad de afrontar la propia muerte:

“Lo más importante es nuestra propia actitud y nuestra capacidad para afrontar la enfermedad mortal y la muerte. Si éste es un gran problema en nuestra vida, y vemos la muerte como un tema tabú, aterrador y horrible, nunca podremos ayudar a un paciente a afrontarla con tranquilidad […] Si no podemos afrontar la muerte con ecuanimidad, ¿Cómo podremos ser útiles a nuestros pacientes? Damos rodeos y hablamos de trivialidades, o del maravilloso tiempo que hace fuera.”

Para poder ir elaborando las emociones que surgen al tomar conciencia de la propia finitud e ir alcanzando una verdadera aceptación de nuestra muerte es útil plantearse a sí mismo algunas cuestiones: “¿Qué sería para mí una buena muerte?”; “¿Qué me podría ayudar a morir bien?”; ¿La vida tiene sentido sin la muerte?”; “si me dijeran que voy a me morir dentro de 6 meses, ¿qué cambiaría en mi vida?”, “¿Cómo me gustaría que me recordasen?”, etc.

Además de ir aceptando la propia muerte como algo natural que forma parte de la vida, es fundamental poder dotar de sentido nuestro trabajo. Es decir, podemos elegir libre y responsablemente la actitud con la que afrontar el sufrimiento de los/as pacientes en situación de final de vida y sus familiares. Y si decidimos ofrecer nuestra presencia y acompañamiento de un modo honesto podremos sentir la satisfacción de hacer algo que realmente tiene beneficio para el/la otro/a, algo bueno y con sentido. Y esta responsabilidad de escoger nuestra actitud y tener la posibilidad de sentir tal satisfacción descansa solamente en cada uno/a de nosotros/as (Benito, E.; Barbero, J; Dones, M., 2014).

En caso de elegir estar con auténtica presencia, es importante cuidarse. El/la profesional va a ser la herramienta terapéutica por excelencia y no es imperturbable, ni se mantiene siempre estable, sino que necesita calibrarse (Benito, E.; Barbero, J; Dones, M., 2014). Una manera fundamental de hacerlo es desde la autoconciencia, entendida como un reconocimiento de cómo las propias experiencias y emociones influyen en la relación y comunicación con los/as pacientes y su familia e incluso con los/as compañeros/as de trabajo (Novack, 1997). Implica el desarrollo de una conciencia dual o testigo que permite atender de forma simultánea tanto a las necesidades del/la paciente como a la propia experiencia emocional. Su desarrollo requiere entrenamiento mediante técnicas como el Mindfulness.

Finalmente, en la medida en que vayamos aceptando nuestra muerte como algo natural, podamos ir dando sentido a nuestro trabajo con el sufrimiento y nos vayamos cuidando, podremos ir valorando esta experiencia como una fortuna. Y es que el acompañamiento a pacientes que están en el final de su vida, puede suponer una oportunidad de crecimiento no solo a nivel profesional sino también personal. Definitivamente, al integrar la propia muerte dentro de nuestra biografía, tenemos la suerte de vivir con más conciencia. Uno/a puede hacer repaso de su escala de valores, revisar sus prioridades y ver en qué medida está actuando de forma coherente con ello. También puede relativizar los problemas de la vida cotidiana, ser más tolerante con los/as demás y expresar más agradecimiento. Además, se aprende a soltar el control de lo que no podemos elegir, a dejar marchar y decir adiós. A disfrutar del momento presente que es el único que realmente tenemos. A alejarse de la individualidad de uno/a mismo y tomar conciencia de que formamos parte de algo más. Como decía Orlando Mejía (1999):

“Si los moribundos pudieran volver a su estado de individuos sanos, luego de su gran autoaprendizaje en las fases de agonía, fundarían una sociedad distinta, donde las palabras y las acciones estarían unidas por el amor y el respeto por la vida”.

Nuestra suerte es que estamos vivos y tenemos como maestros a muchos/as pacientes cada día.

 

Laura Merinero

Psicóloga Clínica

EAPS Sevilla

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