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15/10/2016



Publicado el 15 octubre, 2016 - 13:36h

“Un soneto me manda hacer Violante, /  y nunca me he visto en tanto aprieto…”

Algo así me ocurre desde que Elo, nuestra querida sicóloga, me sugirió que escribiera una de mis habituales chorradas sobre lo que entiendo por “aprender”, aunque me temo que no tendrá el final feliz del soneto de Lope,

“…que voy los trece versos acabando, / contad si son catorce y está hecho”.

Vaya por delante que no tengo ninguna formación en temas como éste, más que algunas lecturas dispersas, por lo que sólo podre dar alguna impresión, seguramente errónea.

En primer lugar me pregunto qué es aprender.  Todavía no lo sé a ciencia cierta y aún no encontré una respuesta satisfactoria, como tampoco la encontré cuando busqué una definición de inteligencia pero sí puedo afirmar sin lugar a dudas que siempre me he sentido maravillado por el hecho de descubrir nuevos razonamientos, nuevos pensamientos, nuevos horizontes intelectuales.

Quizás, rizando demasiado el rizo, podría decir que, antes de nada, es necesario aprender a aprender. Lo que inevitablemente implica aprender a leer y aprehender lo que estamos leyendo, para separar la paja del trigo, la sabiduría de los tópicos, prejuicios y preconceptos inculcados desde que nacemos. Aprender significa transgredir, trascender y para ello me valgo de dos conceptos de la filosofía griega: la doxa y el episteme, entendiendo el primero como el conocimiento infundado, dogmático, acrítico, “porque lo dijo aquél”,  contrariamente al conocimiento sólidamente construido, basado en premisas, en conocimientos anteriores o en el mismo razonamiento, para llegar a otros, críticos, superables, es decir fecundos.

Como ejemplo, recuerdo muy bien la admiración y multitud de interrogantes que me asaltaron cuando vi al microscopio, por primera vez, cromosomas vivos en células de piel de cebolla. Para pensar mucho y, como consecuencia, aprender porque se hubo aprendido , para ver si pudiese llegar a entender qué era lo que tenía delante de los ojos. Lo hice y ahora tengo más interrogantes que al principio, lo que no debe tomarse como un factor negativo del aprendizaje sino como un acicate para hacerlo, a sabiendas que al final del camino llegaremos a la misma conclusión de Einstein: “Todos somos ignorantes, lo que ocurre es que de algunas cosas ignoramos más que de otras”.

Aun así aprender significa también, y es tremendamente importante, adquirir la capacidad de razonar y de tomar conciencia de nuestra propia capacidad de razonamiento.

Hace unos días leí un artículo de un divulgador científico, Adrián Paenza, comentando la capacidad del cerebro humano a propósito de la aparición, el mes de mayo pasado, de un programa informático que ganó cinco partidas consecutivas al campeón mundial de Go (juego de mesa ampliamente difundido en Oriente, mucho más complicado que nuestro ajedrez). Decía Paenza que un ordenador, por mágico que parezca, cuando se lo desconecta no es más que chatarra. Los ordenadores no han llegado a la Tierra en un meteorito sino que son creación humana debida a un aprendizaje previo. Como también lo son las vacunas, las matemáticas, las artes, la filosofía, la literatura y muchísimo más.

Hemos avanzado, desde que nos tirábamos piedras, gracias a que muchos, antes que nosotros, aprendieron. Sabemos que el progreso de la humanidad no ha transcurrido a un ritmo uniforme.  Al contrario, su desenvolvimiento ha seguido un patrón caprichoso de adelantamientos y retrocesos, cosa entendible si tenemos en cuenta que durante toda la historia de la humanidad hemos soportado poderosas instituciones cuyo único objetivo inconfesado fue y es impedir el progreso humano y mantenernos sin salir de la doxa, mejor cuanto menos informados. Pero es indudable que la humanidad seguirá ese camino esperanzador, a pesar de las dificultades propias de todo aprendizaje y de todos los intentos por impedirlo.

Aun así, dejando de lado el deslumbramiento por los conocimientos adquiridos como seres pensantes que somos, en lo que sí creo es que nunca podré dejar de aprender aunque también sé que, indefectiblemente, llegaré a la convicción socratiana: “Sólo sé que no sé nada”.

Un saludo,

Jorge.

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